Cuento


EL VENTANILLO

Linda Morán

Ahora conozco en parte;

pero entonces conoceré

como fui conocido.

 

1 Corintios 13:12

 

El ciclista madrugador se dirigía enérgicamente hacia una línea de carbón, una línea donde apenas se insinuaba una luz cetrina entre la inmensa tapadera arriba y la interminable bandeja abajo. Era la única figura recta y animada en qué enfocar el ojo, un ojo que el mismo viajero sentía, un ojo omnipresente que le observaba desde afuera y desde adentro de él, pero de manera desinteresada. En un momento extraordinario pudo analizar la situación. Estaba consciente de que pedaleaba con un propósito desconocido hacia un destino indefinido motivado por una urgencia inexplicable. Notaba que sus alrededores eran de un solo tono y de un solo aspecto monótono y desierto. Sobre la vasta planicie se alargó el camino perfectamente derecho. (¿una flecha perdida por un dios negligente o tendida a propósito?) Le daba la impresión de una gran ecuación geométrica, un abstracto de Dalí a lo cual él había sido integrado en carne viva.

Como procedía por un tiempo largo sin llegar a ningún paradero, y sin toparse con otro nómada, un vago desasosiego le inquietaba. Pero lo desechó en total cuando, de repente, la bicicleta que montaba comenzó a descomponerse, obligándole a pararse en medio del camino e ir en busca de los componentes desparramados a los bordes de la vía. Intentaba recogerlos sin éxito cuando algo le distrajo—una centella instantánea, brillante. Allí en la hierba tostada y medio escondido se reveló un pequeño círculo de metal plateado con un cristal convexo. En cuclillas lo examinaba. Por lo visto, no pertenecía a la máquina de dos ruedas. ¿Sería una brújula? ¿Una lupa? ¿Un odómetro? El enigma del diminuto orbe le molestaba. Le molestaba mucho el hecho de no poder identificarlo pero aún más el no poder determinar si le debiera dar significado o no. No le ofrecía ninguna pista el vacío sin norte que le rodeaba. Las dudas y las preguntas que bullían entre las paredes de su consciencia querían dar voces pero no había quien las escuchara. Entre la muchedumbre de ojos ocultos en los matorrales no se intuyó ni un oído. Detenidamente se paró y dio una vuelta panorámica en busca de alguna brecha en el paisaje formidable, alguna encrucijada que sirviera de compás. Fue en vano. No había ni entrada ni salida; lo de por delante parecía una imagen de retrovisor de lo de atrás. Todo se repetía—las millas inescrutables, las inescrutables millas, las pausas inexplicables, las inexplicables pausas.

Y siempre el asalto del olor punzante de plancha reseca.

Entonces echó un vistazo desorientado al reloj despertador que señalaba en guiños rojizos la hora—eran las cinco y media. Se quedó tendido, boca arriba, escudriñando las constelaciones falsas del cielo de su alcoba mientras la oscuridad afuera apretaba los vidrios. La frialdad que le pegaba en la frente lo hizo volver en sí. El 16 de noviembre. ¿El aniversario? ¿El cumpleaños? ¿Otra cita importante? ¿Por qué el 16 de noviembre? La respiración honda y rítmica de su esposa le forzó a quedarse inmóvil en medio de sus inquietudes. En vez de provocar el sueño, su inercia artificial sirvió de aliento a la urgencia de absolverse de la extraña acusación, así que comenzó a tomar forma la realidad de que algo lo había tomado preso pero no sabía por qué. Además, no tenía bicicleta.

A las seis y media sonó el teléfono. Su aullido reventó la noche muda como alarma. Marcó la última de esas horas vulnerables en que están forjados los destinos de los seres mortales, "y fue la tarde y la mañana un día." Sí, de esas horas cuando las tinieblas se niegan a rendirse a la luz sin escaramuza. El hombre duerme y el hombre sueña pero no sabe si sueña lo que ha pasado, o lo que ha de pasar, o si fuera sueño o si, en verdad, duerme. Tampoco sabe cómo las anónimas fuerzas impalpables se aprovechan del desequilibrio nocturno. ¿Cuántos presagios logran encarnarse entre la medianoche y el amanecer?

Impulsados por una curiosidad obligatoria, los pasajeros de camino se fijaban por unos instantes en la pequeña reunión al lado de la autopista. Algunos del grupo de peatones se abrazaban; otros se quedaban apartados; otros gesticulaban con los brazos y se agachaban de vez en cuando para ver algo de cerca en el suelo. Fue un intermedio tan inesperado para los participantes como para los espectadores.

El ciclista madrugador se mantenía un poco distanciado no por motivo de antipatía sino por necesidad de reorientarse. Esa misma tarde había llegado al sitio por primera vez; sin embargo, lo reconoció. Lo reconoció bien. Hacía pocas horas que lo había visto desde una distancia de 3.000 millas y esa anunciación le tenía despistado por completo. Desde el momento en que se bajó del carro, la sangre se le congeló en las venas, las coyunturas se le aflojaron y le sobrevino una blanca asfixia. Veía todo igual, pero a plena luz —el cielo inagotable negociándose con la hambrienta superficie. Por unos momentos se concentraba en la línea finita que sellaba el firmamento con el horizonte terrenal, lo etéreo con lo profano, lo incorpóreo con lo tangible, y no podía descifrarla desde su punto de vista. Vio la carretera, una trayectoria determinada entre dos puntos imperceptibles, y vio bajo sus pies los fragmentos jeroglíficos de la bicicleta otoñal que conducía su cuñado Gustavo. En el aire merodeaba el olor punzante de plancha reseca.

El agente que manejaba el vehículo asesino volvía de una noche bacanal con sus faros delanteros apagados. A las cinco y media de la madrugada el 16 de noviembre conducía dos destinos con ojos empañados de nopal fermentado, ojos que no vieron el destello de las ruedas hiladeras, ojos que no vieron los zapatos gastados, ojos que no vieron el brazo extendido, suplicante, del padre bueno y cariñoso que andaba disfrutando la temprana frescura del amanecer. Ojos que no vieron. Tampoco vieron la marioneta molida, volteándose y saltando sobre el asfalto en su danza macabra. Sintió un impacto sordomudo. Un silencio. El silencio que anuncia los lugares santificados por sangre inocente. Apenas duraron cinco segundos para cambiar al sujeto en objeto y el mundo seguía su rumbo acostumbrado de los jueves. Tantas millas, tantas vías, tantas horas, un conductor solo , un día solo , un solo instante, el sincronismo inevitable.

El 19 de noviembre se descubrió algo abandonado en el matorral al lado de la carretera. Cuando vio el objeto portentoso en la mano de la viuda, el ciclista madrugador sufrió en el abrir y cerrar de ojo una confusa claridad. Acariciado en la ingenua palma reflejaba un pequeño orbe de metal plateado con cristal convexo—la muestra del reloj que siempre llevaba Gustavo. Se quedó eternamente trancada en la hora definitiva. Sin acertarlo, el ciclista sabía la hora exacta que las manillas apuntaban. Eran las cinco y media.

 

 

LA INEXORABLE BELLEZA DE VERÓNICA

Juan Guillermo Urbina

Verónica se llamaba la muchacha que traía loco a Gera. Es cierto que a los hombrecitos quinceañeros como él se les cae la baba cuando ven a cualquier chavilla, pero esta niña de veras era hermosísima. Era una belleza simple y a la vez elegante, una perfección de la naturaleza. Nunca se pintaba como las otras y aún así las superaba con su tez propiamente rosada. Muchos decían que él la quería, pero eso era puro chisme. Le gustaba, sí, hasta estaba clavado, pero nunca estuvo apasionadamente enamorado de ella como en las telenovelas. Simplemente fue el capricho de un chamaco que a esa edad amaba más con los ojos que con el corazón.

Quedaron en que Gera iba ir a la casa de Rodo, su mejor amigo, y después iban a ver con quien se juntaban de ahí de la vecindad. Empezaron a caminar y a hablar de cosas mundanas aunque para ellos fueran asuntos importantísimos. Gera tenía tantas ganas de preguntarle a Rodo qué le parecía Vero pero nunca lo hizo. Nunca se atrevió a mencionarla entre los silencios de la plática.

De pronto, y sin que los chavos se dieran cuenta, la vecindad se convirtió en una llanura de un césped acariciable y esparcidos robles inmaduros. En la distancia apreció Gera la figura sugestiva de una persona delicada vestida de una blanca prenda transparente y holgada. La melena marrón le fluía como fuente de manantial y le ocultaba parcialmente esas facciones que Gera ya tenía eternamente grabadas en su memoria. El joven se llenó de entusiasmo cuando se dio cuenta que esa hermosa figura era Vero. Cautivante, les señaló que la siguieran, y Gera, ya perfectamente fascinado, la complació, acompañado por su fiel amigo. Vero corría cuesta arriba como la brisa pero Gera estaba seguro que la alcanzaría, aunque no tenía ninguna idea de lo que habría de hacer o decir en cuanto lograra tenerla a su par. Cuando ella estaba a punto de descender la loma, ellos aun subían, y temerosos de que se les perdiera, sus piernas atacaron contra el verde del césped con una aceleración violenta. Pero al alcanzar la cima, se hundieron en el abismo porque, desprevenidos, cayeron en un estupendo calabozo amplio y hondo, suficientemente hondo para que no pudieran escapar a saltos. Este infierno ineludible consistía de cuatro paredes de cemento liso de un color que en ese momento remedaba la aflicción del cielo. Y ahí estaban los parientes y amigos de Gera y de Rodo pero todos de cuerpos de enanos; de estaturas bajas y gordas, achaparrados e inflados. Atónitos, los muchachos no dijeron nada, sólo se miraron fijamente, primero uno al otro y después a los que en el pozo se encontraban, y de repente los bultos empezaron a atraparles los miembros. Uno le agarró el antebrazo izquierdo a Gera mientras otro, el hombro derecho a Rodo. Los jóvenes se sacudieron con facilidad y se escaparon de las garras de los primeros enanos captadores, pero en cuanto se quitaban uno de encima, otros los pillaban de inmediato. Y nunca cesaron. Y ahí están todavía, apoderados por un perpetuo jalón de brazos y piernas

 

AL OTRO LADO

Santiago Daydí-Tolson

Uno oye comentar, o se imagina, que las cosas se están dando mejor al otro lado. Que allí, como se solía decir en los tiempos en que verdaderamente la ilusión era completa, a sólo un paso de este abandono, los perros se amarran con longaniza, las calles las pavimentan de oro. Exageraciones de los bisabuelos, que no sabían ni mucho ni poco del mundo más allá del pedregal en que llevaban siglos rompiéndose las uñas y el lomo.

Eran otros tiempos, otra gente.

Nadie habla hoy de traíllas de longaniza ni adoquines de oro, pero llegan del otro lado los rumores de que las cosas allí son muy diferentes, mejores, claro, que en este peladero donde ya ni piedras van quedando que arañar. Uno se acostumbra acaso a la ilusión del otro lado y la improbable oportunidad de dar el salto, siguiendo a los que nunca han vuelto. De algunos nos llegan historias de lo bien que están; de otros, rumores que costaría creer si no prometieran tanto, si no confirmaran las esperanzas; de los más no se sabe sino que partieron.

Desde niño se acostumbra uno a dividir la vida entre el aquí de ahora y el allá de mañana. Se acostumbra uno a imaginar lo que no se ha descrito nunca y a mirar con nostalgia anticipada la quietud de estas quebradas sin futuro. Crece uno esperando la oportunidad, el momento, que no siempre llega, cuando se sabe ya imposible negarse al tirón del otro lado, a ese como sedal invisible que no afloja. No es por su propia voluntad que se van los que se van; no es suya la decisión de levantarse un día como el condenado que ha de someterse a la sentencia, la del que morosamente hace un bulto con sus cosas y echa a andar a oscuras, huyendo de las despedidas. Uno los ha visto partir, de uno en uno en las primeras luces de múltiples madrugadas. Y cuando sus perros vuelven una noche cualquiera, solos, y desde el patio de la casa abandonada aúllan como llamando a muerto, uno sabe que ya están al otro lado, solos en la prosperidad del trabajo abundante y el dinero gastado a manos llenas.

Por eso me amarga ver cómo el perro ése, el del vecino, se va quedando en puro hueso mientras su amo se ha de estar hinchando de gordura allá donde no pudo—o no quiso, yo diría—llevarlo consigo. Como si lo viera: ya era barrigón incluso en la pobreza. De siempre fue así, deforme y comilón, como el que sufre de un hambre tan grande que no piensa en otra cosa que comer y come cuanto encuentra y se apaña. Como su perro, sólo que éste no encuentra mucho en esta rastrojera en que vivimos, reseca con los años y abandonada ya de toda alimaña. Ni un lagartijo queda para meterle el diente. Lo miro al animal ir y venir entre los terrones y la polvareda, siempre la cabeza al suelo, como si rezara, el pobre, como nos enseñó a rezar—para nada—el cura de abajo que alguna vez creyó que aquí podía hacer algo.

Así rezábamos entonces, con el hocico pegado al suelo, el azadón en la mano, cerrando los ojos entre golpe y golpe para ver el paraíso de que nos hablaba siempre, el que nos estábamos ganando—nos decía—a duras penas. Parvada de imbéciles que éramos. Ingenuos pecadores pagando a diario el pecado original de la especie, sudando, claro, por los que no pagan nada. Y luego vino lo que tenía que venir y se fue el cura.

No volví a bajar la cabeza en mucho tiempo. Si lo hago ahora no es por humildad ni ganas de andar rezando: la edad me obliga y el reumatismo me enrolla como un garabato. Da no sé qué ver al perro, inocente bicho sin pecado alguno, ir por ahí como rogando cabizbajo, oliendo lo que pueda quedar del que se fue al otro lado y lo dejó para que se las arreglara solo. Porque como todos los otros que partieron, qué le va a estar mandando nada de lo que le sobre a nadie; ni a su perro siquiera, que ni ladra ya de aturdido, el pobre desgraciado. Yo le daría de comer, si tuviera. Apenas entretengo el hambre chupando—que mascar no puedo—estas semillas resecas que me quedan de cuando tuvimos cosecha. El día que se acaben...

Al otro lado a lo mejor se olvidan de este purgatorio, porque nadie vuelve. Yo tampoco volvería si me hubiera ido. Y si no me fui nunca ha sido porque como el perro ése del vecino los acompañé hasta el alto una madrugada y por la noche volví, me dijeron que a cuidar lo que aquí quedaba y a esperar que me llamaran para irme con ellos al otro lado. Nadie ha venido a buscarme, pero como al perro, que ha echado a andar otra vez del lado por donde todos parten, un día de estos me llamarán. Oiré el silbido del otro lado del cañón, y me pondré en camino. Me estarán esperando del otro lado, por allí por donde a lo lejos, más allá de la loma calva, sobrevuelan en sus lentos círculos negros los pájaros de la bienvenida.

 




University of Texas — San Antonio
Department of Modern Languages and Literatures

2005 LABRAPALABRA

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